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VÍCTIMAS
La
guerra civil iba, además, a convertir en un topo a uno de los más
íntimos amigos de la infancia de mi padre, el maestro y poeta Santiago
Marcos, de quien tanto me habló toda la vida y sobre quien yo mismo
acabaría escribiendo. En
efecto, próximos al molino familiar, en el lugar conocido como La
Vega de la Mata, perteneciente al municipio vallisoletano de Roales
de Campos, vivían los cuatro hermanos Marcos Marcos. Con tres de
ellos, Marcos, Santiago y Nilo, fue mi padre a la escuela, primero
en San Miguel del Valle y después en Valdescorriel, y compartió
numerosas aventuras infantiles y aficiones por los animales
ya dichas. Más tarde, la familia Marcos se instalaría en el caserío
de La Solaviña del Monte de Santa Cristina, también en Roales de
Campos, coto que los tres hermanos citados consideraron durante
décadas como su “paraíso terrenal”. Santiago estudió Magisterio
en León, carrera que comezó a ejercer en Llano de Olmedo y Valladolid,
se vinculó al Partido Socialista Obrero Español y cultivó la poesía
con métrica sonora y estilo tradicional, a imitación de los clásicos
castellanos.
VC Para
Santiago Marcos, al peligro de ser descubierto por la Guardia Civil,
que lo buscó durante años, hasta darlo por muerto, se sumaban otros
riesgos, como la tormenta de 1950 que incendió la casa y que estuvo
a punto de abrasarlo en la bodega. Finalmente, fue detenido en 1958,
al ser descubierto a consecuencia de un accidente en las escaleras
de su escondite. No obstante, los vecinos dieron buenos informes
sobre él y, pasados como estaban los tiempos de la represión inicial,
no fue encarcelado. Entonces consiguió marchar a París, donde se
entrevistó con el Presidente del Gobierno de la República en el
exilio, el leonés Félix Gordon Ordás; con el entonces secretario
del Ministerio de Información de dicho gobierno, Javier Alvajar,
y con el historiador Manuel Tuñón de Lara, pero no encontró acomodo
entre los exiliados y hubo de volver muy decepcionado a La Solaviña
para vivir, retirado del mundo, en compañía de sus hermanos Marcos
y Nilo, pues el hermano mayor, Vicente, se había afincado en Bilbao. Ya
durante su vejez, el hermano menor, Nilo, que era el único que conducía,
fallecería, poco después que el primogénito Vicente, a consecuencia
de un brutal accidente de tráfico, y los otros dos, al quedar aislados
en el coto, pensaron en irse a vivir a Roales de Campos, pero finalmente
prefirieron resistir allí con la ocasional asistencia de un paisano
motorizado. Octogenarios desolados por las muertes que azotaron
sus vidas en sus últimos años, el sensible Marcos y el desencantado
Santiago lloraron amargas lágrimas sobre aquellos campos solitarios,
sabedores de que pronto los iban a abandonar ellos mismos, y sus
dolores y sinsabores afligieron no poco la vejez de mi padre y mi
propia juventud. Durante
su período de ermitaña soledad reclusa y constante angustia por
temor a ser descubierto, Santiago Marcos escribió más de diez mil
versos, a menudo sobre la guerra civil y la segunda guerra mundial,
pero también otros de género lírico. Entre los escritos durante
la propia contienda puede destacarse la elegía por la ejecución
de un diputado socialista por Valladolid, a quien cantó en el poema
“El perfecto caballero Don Federico Landrove”, donde denuncia las
masacres vallisoletanas: Todo
el contorno retumba; Surgió
la trágica lid, Surgió
la muerte que tumba Y
en torno a Valladolid, Por
cada mil..., una tumba. (...) Esa
furia, ese coraje Y
ese “Cara al sol” fatal Son
el toque original Del
colérico y salvaje Alzamiento
Clerical. Pero
en todas sus composiciones subsiste la esperanza, como puede apreciarse
en esta quintilla recriminatoria del mismo poema: Así
y todo, os va ir muy mal; Pues
no impediréis que se hunda Todo
el sistema feudal De
vuestra España carcunda, Egoísta
y criminal. Tampoco
olvidó Santiago Marcos a los doce vecinos republicanos de Mayorga,
de ambos sexos, acribillados a balazos en la dehesa de Escorriel,
a los que dedicó el poema “Epitafio”, ni los muchos sacrificados
de “Valderas Rojo”, un homenaje a la gente de izquierdas de este
pueblo leonés, donde “el franquismo se hartó a matar”: De
aquellos hombres yo no me olvido, Que
en sus apuros también me vi, Y
tal cual ellos anduve huido Cuando
Falange me buscó a mí. (...) Valderas
Rojo: son, desde luego, Tus
asesinos más destacados, Los
señoritos, algún labriego, Guardias
civiles y ensotanados. En
París intentó, sin éxito, publicar sus poemas bajo el título “Desde
mi escondrijo”, y tampoco pudo ver cumplido su deseo de editarlos
en España durante la democracia. Únicamente dio a la luz poemas
sueltos, sin carácter acusatorio, impresos en pliegos u hojas volanderas. No
obstante, continuó componiendo poemas de denuncia durante toda la
Dictadura del General Franco, a quien hizo frecuente objeto de sus
diatribas, como pone en evidencia su soneto titulado “Al cabecilla
Franco”, que en una de sus versiones comienza: Proclive
al atropello y la venganza, Corto
de razón, largo de torpeza, Provocaste
con suma ligereza La
guerra, la invasión y la matanza. El
dictador fue para él la encarnación del mal de España y de su propio
mal, por lo que se presentaba a sí mismo, ya
a los ochenta años, como “maestro, poeta, hombre-topo durante
un cuarto de siglo, y superviviente –por chiripa- de la cruel matanza
inspirada, desencadenada y mantenida contra el pueblo español por
el déspota más inhumano e indigno de cuantos pisotearon y empobrecieron
a España a través de los siglos”. En
consecuencia, dedicó poemas a muchas de las víctimas de la represión
franquista sacrificadas con posterioridad a la guerra civil, como
el comunista Julián Grimau, a quien consagró una larga composición,
o el estudiante Enrique Ruano, a quien reivindicó en el poema
“Franco y Ruano Casanueva”: Hoy
le llegó el turno a Enrique Ruano, Inmolado
en Madrid, en pleno día Y
en poder de la inculta Policía Guardaespaldas
del vástago hitleriano. Desde
los años sesenta, Santiago Marcos tuvo correspdondencia con mi padre,
y, durante los setenta y ochenta, también conmigo, manteniéndonos
al corriente de su
vida y obra. Yo mismo me ocupé de reprografiarle un poema y de publicar
sobre él un artículo de homenaje y reivindicación en el diario Liberación.
El poema en cuestión era una quintilla escrita al llegar la democracia
en homenaje a dos socialistas de Roales de Campos, Secundino Chamorro
y Gaspar Fernández, respectivamente alcalde del lugar y secretario
de la Casa del Pueblo, asesinados por los sublevados en 1936: Tras
ocho lustros de bunker sectario, Despótico,
execrable y asesino, Votar
para la izquierda es necesario, Y
elegir para alcalde a un proletario Seguidor
de Gaspar y Secundino. Muchas
de sus composiciones de las últimas décadas tuvieron temática familiar,
amistosa o amorosa, pues tardíamente hubo una mujer en su vida,
o fueron loas dirigidas a diversos personajes, frecuentemente de
la familia real española, pues trataba de contraponerla al dictador,
y de la política de izquierda, como el dedicado a Dolores Ibárruri
bajo el título de “Pasionaria, Gallarta y Asturias”. Y, por supuesto,
quien a veces firmaba sus poemas como “Un campesino del Norte de
Castilla” no dejó tampoco de sumarse a las protestas ante el abandono
del medio rural castellano, que veía caminar hacia la extinción
en paralelo a su vida, como refleja el título del poema “El Campo
se hunde”.
Con
la llegada de la democracia, Santiago Marcos reclamó la pensión
que le correspondía como maestro represaliado, pero se encontró
con tantas dificultades que acabó por sentirse de nuevo como una
“res perdida”, tal como me escribió en una ocasión y reproducí yo
en el artículo antedicho: “Resulta que en España, para asesinar
a un maestro de izquierda no es preciso que cuente con un determinado
número de años de servicio: solamente con que sea maestro basta
para matarlo. Pero cuando lo que procede es concederle una pensión
que le resarza de los múltiples infortunios, pérdidas y vejaciones
que hubo de soportar mientras le perseguían... ¡Ah!, entonces es
cuando concienzudamente se dedican a escudriñar cuántos años de
servicio tiene. Y lo peor de todo es que terminan por dejarle a
uno en igual situación de abandono y desamparo que si se tratara
de una res perdida”. Veintidós
años oculto y más de otros tantos retirado como un ermitaño montaraz,
aquel viejo amigo de mi padre de largas barbas blancas fue, en mi
adolescencia y juventud, una figura determinante de mi formación
ética, de mi conciencia política y de mi educación sentimental.
Yo imaginaba su soledad, su tristeza y su rabia escribiendo en su
escondite contra los crímenes de la tiranía o leyendo poemas a sus
hermanos, únicos testigos de su existencia y de su poesía, y lloraba.
Sin que lo supiera mi padre, lloraba por el poeta topo, por sus
hermanos aislados, por mi propio padre, por las víctimas que reivindicaban
en silencio aquellos bondadosos vencidos, por tanta vida injustamente
derramada. Porque la vida entera y el mundo todo de Santiago Marcos
fueron sacrificados por la intolerancia y por la represalia incluso
hasta el final, así que no es extraño que uno de sus últimos textos
fuese un “Autoepitafio para su postrer morada” donde se pregunta
si continuará la persecución después de muerto: Se
intentó despacharme, y casi atrapado, Me
escurrí del fuego y el terror marcial, Lo
que fue un difícil logro inusitado. ¿Seré
en el futuro otra vez calumniado Aun
debajo de este mármol sepulcral...? Mi padre y yo conservamos con cariño las cartas de
los hermanos Marcos y las composiciones del poeta topo, así como
una fotografía de Marcos octogenario con atavíos de cazador acompañado
de su perra Estrella y un retrato de Santiago con sus patriarcales
y literarias barbas igualmente octogenarias. Qué grandes hermanos,
qué grandes amigos y qué grandes ciudadanos manteniendo siempre
fraternidad, amistad y dignidad a contracorriente de la historia
y a contrarreloj de la vida hasta que se extinguió el contacto con
su propia existencia. Nunca tuve amigos mejores que estos heredados
ni leí con más cariño poeta alguno que a este topo vate. En vida
contaron siempre con la fidelidad de mi padre; en la muerte, contarán
siempre con la mía.
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