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Asociación para a Dignificación das Vítimas do Fascismo

 

VÍCTIMAS

 

 
Juana Capdevielle, archivera, esposa de Francisco Pérez Carballo, gobernador civil de A Coruña, donde fue secuestrada, para aparecer asasinada en Rábade.

Juana Capdevielle
 

 

 
Avelino López Otero, periodista político y cultural, fundador de las revistas republicanas ¡Ahora! y Guión, fallecido a consecuencia de la tortura en 1936.

Avelino López Otero
 

 

 
Francisco Pérez Carballo, gobernador civil de A Coruña, esposo de la archivera Juana Capdevielle.

Francisco Pérez Carballo
   

 

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Rafael de Vega Barrera, médico eminente que modernizó la sanidad en Lugo desde su prestigioso sanatorio particular y desde la dirección del Hospital Provincial, así como venerado benefactor de los humildes, a los que atendía sin cobrar. Fue fusilado en 1936, acusado por la envidia de sus competidores profesionales en un escandaloso juicio sumarísimo y como escarmiento atemorizador de la población por tratarse de la personalidad más relevante y querida del bando republicano lucense.

Rafael de Vega Barrera
 

 

 

 

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Santiago Marcos Marcos

 

LOS HERMANOS MARCOS Y EL POETA TOPO

 

Por Claudio Rodríguez Fer

 

Capítulo del libro El molinero misterioso,

 Santiago de Compostela, Tórculo, 2005,

traducido del gallego por Carmen Blanco

y Claudio Rodríguez Fer

 

(Recuerdos sobre el padre del autor,

Claudio Rodríguez Rubio,

en el centenario de su nacimiento)

 

 

La guerra civil iba, además, a convertir en un topo a uno de los más íntimos amigos de la infancia de mi padre, el maestro y poeta Santiago Marcos, de quien tanto me habló toda la vida y sobre quien yo mismo acabaría escribiendo.

 

En efecto, próximos al molino familiar, en el lugar conocido como La Vega de la Mata, perteneciente al municipio vallisoletano de Roales de Campos, vivían los cuatro hermanos Marcos Marcos. Con tres de ellos, Marcos, Santiago y Nilo, fue mi padre a la escuela, primero en San Miguel del Valle y después en Valdescorriel, y compartió  numerosas aventuras infantiles y aficiones por los animales ya dichas. Más tarde, la familia Marcos se instalaría en el caserío de La Solaviña del Monte de Santa Cristina, también en Roales de Campos, coto que los tres hermanos citados consideraron durante décadas como su “paraíso terrenal”. Santiago estudió Magisterio en León, carrera que comezó a ejercer en Llano de Olmedo y Valladolid, se vinculó al Partido Socialista Obrero Español y cultivó la poesía con métrica sonora y estilo tradicional, a imitación de los clásicos castellanos.

 

 

Al estallar la guerra civil, Santiago Marcos logró huir de la represión y esconderse en una bodega familiar en el caserío de La Solaviña. Allí permaneció nada menos que veintidós años oculto como un topo, igual que los protagonistas del famoso libro que los periodistas Jesús Torbado y Manuel Leguineche publicaron en 1977 bajo el título de Los topos, pues desde 1936 a 1969 hubo perseguidos que permanecieron enterrados en vida en la España de Franco. La dura experiencia de este amigo, que tanto conmovió a mi padre, lo llevó a interesarse mucho por el tema, e incluso tenía recortado un reportaje de prensa sobre un caso semejante ocurrido en Lugo y protagonizado por el político socialista Jacinto Calvo.  

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Claudio Rodríguez Rubio, 
padre del autor

VC

 

Para Santiago Marcos, al peligro de ser descubierto por la Guardia Civil, que lo buscó durante años, hasta darlo por muerto, se sumaban otros riesgos, como la tormenta de 1950 que incendió la casa y que estuvo a punto de abrasarlo en la bodega. Finalmente, fue detenido en 1958, al ser descubierto a consecuencia de un accidente en las escaleras de su escondite. No obstante, los vecinos dieron buenos informes sobre él y, pasados como estaban los tiempos de la represión inicial, no fue encarcelado. Entonces consiguió marchar a París, donde se entrevistó con el Presidente del Gobierno de la República en el exilio, el leonés Félix Gordon Ordás; con el entonces secretario del Ministerio de Información de dicho gobierno, Javier Alvajar, y con el historiador Manuel Tuñón de Lara, pero no encontró acomodo entre los exiliados y hubo de volver muy decepcionado a La Solaviña para vivir, retirado del mundo, en compañía de sus hermanos Marcos y Nilo, pues el hermano mayor, Vicente, se había afincado en Bilbao.

 

Ya durante su vejez, el hermano menor, Nilo, que era el único que conducía, fallecería, poco después que el primogénito Vicente, a consecuencia de un brutal accidente de tráfico, y los otros dos, al quedar aislados en el coto, pensaron en irse a vivir a Roales de Campos, pero finalmente prefirieron resistir allí con la ocasional asistencia de un paisano motorizado. Octogenarios desolados por las muertes que azotaron sus vidas en sus últimos años, el sensible Marcos y el desencantado Santiago lloraron amargas lágrimas sobre aquellos campos solitarios, sabedores de que pronto los iban a abandonar ellos mismos, y sus dolores y sinsabores afligieron no poco la vejez de mi padre y mi propia juventud. 

 

Durante su período de ermitaña soledad reclusa y constante angustia por temor a ser descubierto, Santiago Marcos escribió más de diez mil versos, a menudo sobre la guerra civil y la segunda guerra mundial, pero también otros de género lírico. Entre los escritos durante la propia contienda puede destacarse la elegía por la ejecución de un diputado socialista por Valladolid, a quien cantó en el poema “El perfecto caballero Don Federico Landrove”, donde denuncia las masacres vallisoletanas:

 

Todo el contorno retumba;

Surgió la trágica lid,

Surgió la muerte que tumba

Y en torno a Valladolid,

Por cada mil..., una tumba.

(...)

Esa furia, ese coraje

Y ese “Cara al sol” fatal

Son el toque original

Del colérico y salvaje

Alzamiento Clerical.

 

Pero en todas sus composiciones subsiste la esperanza, como puede apreciarse en esta quintilla recriminatoria del mismo poema:

 

Así y todo, os va ir muy mal;

Pues no impediréis que se hunda

Todo el sistema feudal

De vuestra España carcunda,

Egoísta y criminal.

 

Tampoco olvidó Santiago Marcos a los doce vecinos republicanos de Mayorga, de ambos sexos, acribillados a balazos en la dehesa de Escorriel, a los que dedicó el poema “Epitafio”, ni los muchos sacrificados de “Valderas Rojo”, un homenaje a la gente de izquierdas de este pueblo leonés, donde “el franquismo se hartó a matar”:

 

De aquellos hombres yo no me olvido,

Que en sus apuros también me vi,

Y tal cual ellos anduve huido

Cuando Falange me buscó a mí.

(...)

Valderas Rojo: son, desde luego,

Tus asesinos más destacados,

Los señoritos, algún labriego,

Guardias civiles y ensotanados.

 

En París intentó, sin éxito, publicar sus poemas bajo el título “Desde mi escondrijo”, y tampoco pudo ver cumplido su deseo de editarlos en España durante la democracia. Únicamente dio a la luz poemas sueltos, sin carácter acusatorio, impresos en pliegos u hojas volanderas.

 

No obstante, continuó componiendo poemas de denuncia durante toda la Dictadura del General Franco, a quien hizo frecuente objeto de sus diatribas, como pone en evidencia su soneto titulado “Al cabecilla Franco”, que en una de sus versiones comienza:

 

Proclive al atropello y la venganza,

Corto de razón, largo de torpeza,

Provocaste con suma ligereza

La guerra, la invasión y la matanza.

 

El dictador fue para él la encarnación del mal de España y de su propio mal, por lo que se presentaba a sí mismo, ya  a los ochenta años, como “maestro, poeta, hombre-topo durante un cuarto de siglo, y superviviente –por chiripa- de la cruel matanza inspirada, desencadenada y mantenida contra el pueblo español por el déspota más inhumano e indigno de cuantos pisotearon y empobrecieron a España a través de los siglos”.

 

En consecuencia, dedicó poemas a muchas de las víctimas de la represión franquista sacrificadas con posterioridad a la guerra civil, como el comunista Julián Grimau, a quien consagró una larga composición, o el estudiante Enrique Ruano, a quien reivindicó en el poema  “Franco y Ruano Casanueva”:

 

Hoy le llegó el turno a Enrique Ruano,

Inmolado en Madrid, en pleno día

Y en poder de la inculta Policía

Guardaespaldas del vástago hitleriano.

 

Desde los años sesenta, Santiago Marcos tuvo correspdondencia con mi padre, y, durante los setenta y ochenta, también conmigo, manteniéndonos al corriente de  su vida y obra. Yo mismo me ocupé de reprografiarle un poema y de publicar sobre él un artículo de homenaje y reivindicación en el diario Liberación. El poema en cuestión era una quintilla escrita al llegar la democracia en homenaje a dos socialistas de Roales de Campos, Secundino Chamorro y Gaspar Fernández, respectivamente alcalde del lugar y secretario de la Casa del Pueblo, asesinados por los sublevados en 1936:

 

Tras ocho lustros de bunker sectario,

Despótico, execrable y asesino,

Votar para la izquierda es necesario,

Y elegir para alcalde a un proletario

Seguidor de Gaspar y Secundino.

 

Muchas de sus composiciones de las últimas décadas tuvieron temática familiar, amistosa o amorosa, pues tardíamente hubo una mujer en su vida, o fueron loas dirigidas a diversos personajes, frecuentemente de la familia real española, pues trataba de contraponerla al dictador, y de la política de izquierda, como el dedicado a Dolores Ibárruri bajo el título de “Pasionaria, Gallarta y Asturias”. Y, por supuesto, quien a veces firmaba sus poemas como “Un campesino del Norte de Castilla” no dejó tampoco de sumarse a las protestas ante el abandono del medio rural castellano, que veía caminar hacia la extinción en paralelo a su vida, como refleja el título del poema “El Campo se hunde”.

 

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El cazador Marcos Marcos Marcos
y la podenca La Estrella

También solía escribirse mi padre en este tiempo con el hermano mayor del poeta, gran cazador hasta la vejez, a quien habían puesto como nombre el mismo antropónimo de sus apellidos, de manera que se llamaba Marcos Marcos Marcos. Tanto Marcos como Santiago mantenían informado a mi padre del estado del viejo molino familiar, sobre el que siempre se interesaba y que volvió a ver por última vez en su compañía en los albores de la vejez. Por lo demás, abundan, en las cartas de los tres hermanos, fieles testimonios de un estilo de vida que se extinguía con ellos, declaraciones de una fraternal amistad que duró siete décadas e informaciones sobre los estragos meteorológicos padecidos (inundaciones, huracanes) y sobre los cereales cultivados (trigo, maíz y, sobre todo, cebada cervecera). Los hermanos Marcos practicaron la caza hasta el final con su podenca La Estrella, de la que, ya ancianos, criaron una hija para mi padre que no llegó a recoger nunca.

 

           

 

Con la llegada de la democracia, Santiago Marcos reclamó la pensión que le correspondía como maestro represaliado, pero se encontró con tantas dificultades que acabó por sentirse de nuevo como una “res perdida”, tal como me escribió en una ocasión y reproducí yo en el artículo antedicho: “Resulta que en España, para asesinar a un maestro de izquierda no es preciso que cuente con un determinado número de años de servicio: solamente con que sea maestro basta para matarlo. Pero cuando lo que procede es concederle una pensión que le resarza de los múltiples infortunios, pérdidas y vejaciones que hubo de soportar mientras le perseguían... ¡Ah!, entonces es cuando concienzudamente se dedican a escudriñar cuántos años de servicio tiene. Y lo peor de todo es que terminan por dejarle a uno en igual situación de abandono y desamparo que si se tratara de una res perdida”.

 

Veintidós años oculto y más de otros tantos retirado como un ermitaño montaraz, aquel viejo amigo de mi padre de largas barbas blancas fue, en mi adolescencia y juventud, una figura determinante de mi formación ética, de mi conciencia política y de mi educación sentimental. Yo imaginaba su soledad, su tristeza y su rabia escribiendo en su escondite contra los crímenes de la tiranía o leyendo poemas a sus hermanos, únicos testigos de su existencia y de su poesía, y lloraba. Sin que lo supiera mi padre, lloraba por el poeta topo, por sus hermanos aislados, por mi propio padre, por las víctimas que reivindicaban en silencio aquellos bondadosos vencidos, por tanta vida injustamente derramada. Porque la vida entera y el mundo todo de Santiago Marcos fueron sacrificados por la intolerancia y por la represalia incluso hasta el final, así que no es extraño que uno de sus últimos textos fuese un “Autoepitafio para su postrer morada” donde se pregunta si continuará la persecución después de muerto:

 

Se intentó despacharme, y casi atrapado,

Me escurrí del fuego y el terror marcial,

Lo que fue un difícil logro inusitado.

¿Seré en el futuro otra vez calumniado

Aun debajo de este mármol sepulcral...?

 

Mi padre y yo conservamos con cariño las cartas de los hermanos Marcos y las composiciones del poeta topo, así como una fotografía de Marcos octogenario con atavíos de cazador acompañado de su perra Estrella y un retrato de Santiago con sus patriarcales y literarias barbas igualmente octogenarias. Qué grandes hermanos, qué grandes amigos y qué grandes ciudadanos manteniendo siempre fraternidad, amistad y dignidad a contracorriente de la historia y a contrarreloj de la vida hasta que se extinguió el contacto con su propia existencia. Nunca tuve amigos mejores que estos heredados ni leí con más cariño poeta alguno que a este topo vate. En vida contaron siempre con la fidelidad de mi padre; en la muerte, contarán siempre con la mía. 

 

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Claudio Rodríguez Rubio con su hijo